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EL EJÉRCITO ROMANO y las tribus en defensa de Roma

¿Cómo una pequeña ciudad creada por fugitivos, ladrones y pastores pudo convertirse en un Imperio? Los autores clásicos defendían que había sido agraciada por los dioses, otros que gracias a sus leyes, instituciones y costumbres, a la valentía de sus hombres y su disciplina, otros que por fuerza económica o por su capacidad de asimilar las creencias y pensamientos de sus vecinos. En el fondo todos tienen la razón ya que fue este conjunto de causas lo que dio origen a la perfecta máquina de guerra de la antigüedad, el Ejército de Roma. El Ejército romano es una institución que debido a su larga duración, desde la misma creación de Roma en el 753 a.C. hasta el periodo que nos ocupa a finales de la segunda centuria a.C. ha sufrido una constante evolución. Los cambios en la estructura social y política interna, los distintos territorios donde su ejército debió enfrentarse a enemigos equipados con armas y tácticas de combates diversas que obligaron a los romanos a reformar continuamente su ejército. Esta adaptabilidad de su ejército convirtió a Roma en la mayor potencia de su época gracias a su capacidad de asimilar las armas y tácticas de sus enemigos frente al conservadurismo en el plano militar de otras sociedades como la griega. Si nos remitimos a las fuentes clásicas, especialmente Tito Livio en su Ad urbe conditia, la creación del ejército romano se debe a Rómulo, primer monarca de la ciudad. Por lo que ya en el 753 a.C. la ciudad disponía de un ejército que según la tradición controló amplias zonas del Lazio, la Toscana y los Abruzos. Los restos arqueológicos y las líneas de investigación actuales posponen unos años la creación de un verdadero ejército ya que no se consideran históricos los primeros reyes romanos. Más bien nos encontraríamos ante grupos armados que realizarían “principalmente saqueos y robos de ganado con escaramuzas ocasionales” (Goldsworthy, 2003, p-18). Ciertamente hasta finales del siglo VII a.C., Roma no era en el sentido estricto una ciudad sino un grupo de aldeas en un proceso de unificación que duro décadas. Estas aldeas estaban habitadas por agricultores y pastores que constituyeron una liga, formada por aquellos que compartían un origen común: Los Prisci Latini y un culto común a Iupiter Latiaris. Esta liga disponía de un ejército formado por las distintitas tribus y curias que la componían, estructura que fue adoptada por Roma tras imponerse sobre las demás ciudades del Lazio. Sería durante la dinastía de los Tarquinios a principios del Siglo VI a.C. cuando se produce la división de la sociedad Romana en tres tribus, propio de los pueblos indoeuropeos. Además el propio termino tribu deriva de tris, que es tres en latín, por lo que viene a significar “dividido en tres”. Pese a que Tito Livio adelantaba la creación del sistema tribal al primer monarca, Rómulo, los historiadores actuales defienden su retraso a esta dinastía de origen etrusco ya que el nombre de las tribus es de claro origen etrusco. Eran los ramnense (deriva de Rhamnes, Romulo), Luceres (título honorifico de Etruria) y titienses (Tito Tacio rey de los sabinos). Las tres tribus formaban parte de la Asamblea Curiada, Comitia curiata que era el órgano legislativo más importante durante la Monarquía ya que ratifica las decisiones del rey y del Senado además de ser el órgano que nombraba al nuevo Rey. Cada una de ellas aportaba diez curias a la asamblea y cada una de ellas representaba a diez clanes o gens que a su vez eran representados  cada uno de ellos por su jefe en el Senado. Esos jefes de las primeras gens dieron lugar a las conocidas como familias patricias que tendrían un papel esencial en el futuro de Roma. Como vemos el sistema curial está diseñado para fomentar la participación de la aristocracia en la vida política por lo que también la obligación inherente de defender su ciudad se basa  en ese sistema de clanes y de curias. Para comprender este sistema hay que conocer la importancia del sistema clientelar en Roma, una institución que persistió a lo largo de su historia. El cliente, el que obedece, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de su patronus jefe de una gens o paterfamila que era de rango socioeconómico superior a él.  El patrón le daba protección y en la época de la monarquía tierras a cambio de mantener fides (lealtad y confianza mutua), respeto y ayudarle ante sus adversarios tanto en la vida política como militarmente. Por eso cuando su gens era llamada a leva tenía que presentarse para defender los intereses de su protector. Estas tres tribus aportaban cada una de ellas diez centurias, 100 infantes, y una decuria, 10 caballeros, por cada una de las curias.  Las curias representaban a las gens o clanes, por lo que nos encontramos ante un ejército aristocrático formado por patricios y sus clientes. Para solucionar los posibles conflictos de intereses entre los gens de cada cada tribu estaba la figura del tribunum milites y del magister equitum. El tribuno representaba a  su tribu ante el monarca, realizaba los sacrificios en  su nombre y era el comandante de su leva. El ejército de este periodo estaría compuesto por una legión, que deriva de legere, el contingente reclutado. Tenía un claro marcado carácter temporal ya que la leva de ciudadanos se hacía en casos de crisis y se licenciaban nada más finalizar el estado de excepción, por lo que podía durar unas semanas o meses o como máximo dos años.  La única legión estaría compuesta, según esta estructura por 3000 milites y 300 celeres o caballeros. En cuanto al armamento de este primitivo ejército lo primero que hay que destacar es la heterogeneidad, ya que cada uno de los legionarios debía aportar su propia equipación. Los estudios recientes de los yacimientos arqueológicos sobre todo funerarios destacan la clara influencia lacial y villanoviana (Sekunda y Northwood. 2009) y  que en la segunda mitad del siglo VI se introdujo la panoplia hoplita para los ciudadanos más pudientes. En relación con la panoplia defensiva, se debe destacar que la mayor parte de los legionarios irían sin ningún tipo de protección pectoral salvo la túnica, ya que a diferencia de otros pueblos no combatieron a pechos descubiertos o desnudos como si hicieron habitualmente los celtas y griegos respectivamente. Aquellos agraciados que se lo podían permitir usaban unos pectorales en forma de peto, de los que se conservan tres ejemplares, de menos de 20 centímetros de ancho y un poco más de altura. Eran rectangulares y de bordes curvados, que se completaban con un acolchado de tela en su interior. Del estudio de los orificios los estudios defiende que se ataban en la espalda para ceñirlos al pecho. En cuanto a los escudos debemos destacar que muchos combatientes carecerían de él y solo los nobles podían permitírselo. El único escudo del periodo hallado en un sepulcro del monte Esquilino aunque es de claro uso ornamental nos sirve para conocer cómo era la versión de combate de los más acaudalados, eran circulares y elaborados en bronce dentro de la tradición hoplita mientras que los más sencillos eran circulares de madera con un remate central o umbo. Pero gracias al estudio de sellos y de joyas junto con los relatos literarios conocemos otro tipo de escudo propio de la tradición etrusca y romana, el ancile. Era un escudo en forma de ocho hecho de bronce y decorado con la parte exterior su uso solo está demostrado por los sacerdotes salios, ya que según la leyenda cayó del cielo como un regalo de Marte durante el reinado de Numa Pompilo aunque los arqueólogo han demostrado su origen en la región de Piceno y que llegaron a Roma entorno al siglo VII a.C. Estos sacerdotes dedicados a la guerra estaban divididos en dos colegios de 12 miembros cada uno de origen patricio, su papel era esencial en la moral de las tropas ya que con su danza ganaban el favor de la deidad. Otro elemento característico de los salios que nos sirve para conocer la protección de la cabeza en la época arcaica romana era el ápex, un gorro de cuero acabado en punta metálica del mismo material que los nervios y refuerzos. Aunque el casco más habitual entre los que se lo podía permitir era el calotte, realizado en bronce y que daba solo protección a la parte superior del cráneo, se piensa que podía estar decorado con plumas o crines. En cuanto a las armas hay que destacar que la mayoría eran de bronce o en caso de emplear el hierro, este era empleado solo para los elementos de filo. Las tumbas descubiertas en el Esquilino nos han dado pistas para descubrir cómo eran las armas del periodo monárquico y sus claras influencia etruscas. Las espadas eran de dos tipos unas de unos 44 centímetros de longitud y otras de unos 70 ambas con el pomo de bronce en forma de antena, con sistema de enmangue simple con dos remaches para unir con el filo que normalmente era de bronce. La lanza era empleada como elemento de combate cuerpo a cuerpo ya que su diseño con regatón, pieza metálica en la parte inferior del asta y su punta en forma de hoja hacen que no sean eficaces como arma arrojadiza. Este sería el ejército de la pequeña ciudad del Lazio durante los primeros monarcas que cumplía con creces su papel de defensa de la ciudad contra las ciudades vecinas y para realizar las tradicionales campañas de saqueo en busca de ganado o de mujeres, como fue el caso del rapto de las sabinas. Pero en crecimiento de las fronteras y sobre todo la amenaza de los pueblos etruscos haría que la ciudad precisase de una milicia más numerosa y de una nueva forma de combatir para poder vencer a los vecinos del norte. En la próxima entrega veremos como el rey Servio Tulio reformó las legiones romanas…

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